Pelo largo, moreno y liso.
De ese que se mueve al compás de sus caderas, al ritmo de su cuerpo.
Ojos verdes, de un verde hechizante, eléctrico.
Ella de por sí sola desprende sensualidad, de esa que te hace no poder dejar de desearla.
Es alta, justo en la medida perfecta; Si se pone vestidos largos, Afrodita. Si se pone vestidos cortos, se quedan al descubierto sus perfectas piernas.
Piel suave como el raso, con su inconfundible olor a otoño, o tal vez a galán de noche.
Cuando te toca despierta todos tus sentidos.
No necesita pintalabios, sus labios son del color del rubí.
No conseguirás zafarte de su mirada. Tal vez se ponga rímel y te mirará con la dureza del diamante, mientras va destrozando tus muros inútilmente colocados.
Puede hacer que ardas como si en el mismísimo Valle de la muerte te hallaras (para que te hagas a la idea unos 55ºC) y te sobrase hasta tu propia piel, o como si estuvieras en el corazón de la Antártica (calcúlale que unos -93ºC)
Tú eliges qué prefieres.
Cada paso que da cuando camina es un puñetazo en tu corazón.
Lo que hace que sea inevitablemente atractiva es que es consciente de ello, ella lo sabe.
Parece estar siempre sonrojada y ser tímida, pero ni te llegarías a imaginar los límites de su atrevimiento. Sencillamente porque no tiene límites.
Rompe todos los prototipos y estereotipos.
Camina sinvergüenza.
Cuidado si sonríe.
Cuando se desnuda te quita la poca cordura que te quedaba.
Aunque te destroce y tú lo sepas, la buscarás, desearás que se cruce aunque sea por casualidad aunque sea una vez en tu vida.
Maldecirás su nombre, bendecirás su presencia.
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